Los milagros de las JMJ en Colonia.

Queridos todos:
Me siento incapaz de resumir por escrito lo vivido estos días en Alemania; sólo os daré unas impresiones y ya tendremos tiempo para más. La síntesis más perfecta que se me ocurre es la palabra MILAGRO.
Un primer milagro puramente subjetivo es que yo estuviese allí, pero dejando eso a parte, se puede hablar de "el milagro de la acogida": el frió pueblo alemán y, especialmente los católicos se han volcado con los miles de jóvenes que han alojado en sus colegios y casas. Me contaba uno que él ha vivido con otros 9 en una familia, al llegar la primera noche se encontraron bombones sobre la cama y un cartel en español: buenas noches. Después una familia invito a todos los alojados en el pueblo a comer (eran 50). Nosotros dormimos en un colegio. Los voluntarios, de todas las edades, hicieron un trabajo magnífico y no hubo que esperar ni para cenar, ni dormir, ni desayunar (los españolitos nos empezamos a despertar las 7, 30 y la gente del desayuno estaba en sus puestos, sonriendo, desde las 6,00). En el patio del local parroquial habían organizado un "Nachcoffe", es decir, un chiringuito con cerveza y salchichas a bajo precio con un ambientazo fantástico (por supuesto, predominio español en dicho local). En la misa de despedida del pueblo, antes de salir para Mariamfeld (con un coro increíble) hubo lágrimas a manta, también de paisanos como torres teutonas. El sábado, para llegar desde los autobuses hasta Mariamfeld atravesamos un pueblo mediano. Os prometo que ha sido una de las experiencias más alucinantes de mi vida: ¿Habéis visto en el cine escenas de recibimiento de tropas de liberación? Pues eso: Banderas y gentes en las ventanas y en las puertas, carteles en todos los idiomas "God blessed you", “Bienvenidos”, “Venite adorare Eum”. Al poco de entrar en el pueblo, sale de una casa una niña preciosa de unos 6 o 7 años y se planta en medio de la carretera con una fuente llena de galletas y nos sonríe. (Yo, que soy frió y cerebral, me emocioné) La ovación fue apoteósica y los piropos, políglotas. Era solo el principio, el resto del pueblo estaba salpicado de gentes repartiendo agua, café, fruta, pastas ¡hasta helados!
El milagro del tiempo: atravesamos Europa con tiempo inestable, la noche anterior llovió y llegamos a Marianfeld con unos nubarrones negros que no hacían presagiar nada bueno. A eso de las 16,00 se hizo un pequeño claro justo sobre la campa que comenzó a crecer progresivamente. Cuando llegó el Papa el cielo estaba limpio y así aguanto toda la noche (una luna llena muy bonita). Al día siguiente se dío un proceso casi inverso y, ya en los autobuses, se puso a llover.
El milagro de la convivencia: Dicen que allí dormimos unos 800.000, entre las esterillas no se veía la hierba. El ambiente totalmente familiar entre gente de todos los pelajes imaginables (monjas -algunas increíblemente jóvenes-, kikos bailones, españoles gritones, tatuajes y pelos pintados, y el etc mas variopinto). La gente dejaba las cosas en su lugar y se movía por toda la campa; andabas descalzo para no manchar los sacos y esterillas que tenías que pisar necesariamente: la policía ha declarado que su trabajo ha consistido en dos intentos de saltarse el cordón para saludar al Papa, atender agotamientos y algún problema de frío y... nada más. Decía uno de ello que firmaría por una JMJ cada año.
El milagro de la piedad: En la campa había una capilla con el Santísimo permanentemente expuesto: durante el día había colas de más de una hora. Yo entré a las 6,00 de la madrugada: no había una gran cola pero estaba llena, había gente con aspecto de llevar varias horas, un silencio sobrecogedor roto por himnos eucarísticos en todas las lenguas, incluido el latín. Junto a esta capilla estaba la llamada "de la Reconciliación" consistía en 165 confesores en todos los idiomas: cola permanente de día y de noche. Los sacerdotes (bastantes miles) que intentaban moverse por la campa eran asaltados continuamente por chicos que solicitaban confesión. En fin, cuando comenzaron las ceremonias litúrgicas se veía con claridad que la gente no estaba de excursión, ni de movida y sabían muy bien para que estaban allí. Creo que este es el gran triunfo de Juan Pablo II.
Y el milagro del amor al Papa: cuando apareció (por sorpresa) en las pantallas, la gente tumbada por ahí pego un brinco unánime (un brinco de esas dimensiones impresiona bastante).
Queda un último milagro, el que se ha realizó en el corazón de cada uno de los que llegaron a Colonia, desde los puntos más lejanos de la tierra para adorarle.







